lunes, 9 de junio de 2008

Manuelito Rosales, aquel que aprendió a tumbar árboles, porque no lo dejaban cazar iguanas y porque le hacían sombra a su grandeza.


por: Pedro Qurales

Al árbol debemos solicito amor

Jamás olvidemos que es obra de Dios

(Himno del árbol, Alfredo Pietri)

Yo me imagino que triste debe haber sido la niñez de quien fue conocido para la posteridad como el “filósofo del Zulia”, aquel quien con sus frases alegóricas tomadas del habla común y de los viejos pensadores, pero dándole ese toque personal que lo han convertido en un tipo gracioso, sin proponérselo. Y me atrevo a decir que tuvo una niñez triste, porque fue un cazador frustrado de iguanas y de machorros en su natal El Vigia.

De allí suponemos que le debe venir esa manía de mandar a talar cuanto árbol se le atraviesa, V.G. Plaza de Santa Lucía, Viejo Paseo Ciencias, Plaza Bolívar de Cabimas y ahora, los árboles de la plaza de Puerto Escondido, Municipio Santa Rita. ¿Las razones? Vaya a usted a saber, pero lo cierto, es que de los tala, los tala.

Yo no sé quien le ha dicho que tumbar árboles, también sirve para debilitar el gobierno de Chávez, puede ser su “brillante” Pablo Pérez, aunque no creemos que una mente tan lúcida necesite de asesores, está muy por encima de esas mediocridades.

Manuel Rosales nos recuerda aquella frase que expresó la madre del Dictador en “El Otoño del patriarca”, de García Márquez, viendo un desfile del día de la patria: “¡Ay, Dios, si he sabido que mi hijo va a llegar a Presidente, lo mando a la escuela”. Pero como cada quien busca su acomodo, y los adecos en su época de oro, cuando no encontraban donde poner a comer a sus militantes, les daban el cargo de profesor, bien de música, o bien de deportes, aunque confundieran el pentagrama musical con el alfabeto chino, o aunque no distinguieran entre el basquet y el volley ball, lo importante, era ponerlos “donde hay”, aunque él decía “haiga”. Desde ese Sur del lago, sale esa figura prominente, cuyo principal mérito consistió en hacerse apadrinar por Carlos Andrés Pérez, para combatir a los bachacos de Américo Araujo. Los golpes de suerte lo fueron llevando a escalar posiciones, pues en “el país de los ciegos, el tuerto es el rey”, llegando hasta el extremo de convertirse en el contendor del Comandante Chávez, en las últimas elecciones presidenciales.

Pero volviendo a lo que íbamos, su manía arboricida, que lo ha llevado tal vez a buscar su espacio en el libro de récords de Guinnes, para tratar de, por un lado extirpar los pulmones de las ciudades, y por el otro, tratar de minimizar la figura de Bolívar, construyendo esos mamotretos de plástico y fiberglass, en que ha convertido las plazas y parques del Zulia. Pero lo más cumbre, es que se atreve a desafiar las decisiones que el Instituto de Patrimonio Cultual, en la creencia de que se encuentra muy por encima del estado de Derecho, es decir, de las leyes que protegen el ambiente.

Hace días, fue multado por la cantidad de 46 millones, y el IPC ordenó la paralización de los trabajos de, no sabemos si “reacondicionamiento”, “remodelación” o “reconstrucción” de la plaza Bolívar de Cabimas, que de ser culminada, pasaría a formar parte de ese tipo de plazas en los cuales, la sombra de los árboles no son invitadas, pues su predilección por los arbustos y los faroles decimonónicos (pero de plástico), le aseguran que nunca será Director, ni curador de un Museo de Florencia, total, su fuerte, no es el arte sino el más fino pensamiento filosófico que llevará a los clásicos a revisarse, y posiblemente ser colocados en el ostracismo, es decir, en el olvido. Porque después que uno escucha una de esas frases que emanan debajo de nueva nariz, no le queda más remedio a uno que pensar, que Cantinflas si dejó heredero, que Sócrates y Platón, también, y que aquellos viejos forjadores de sueños, los enamorados del arte, tendrán que buscar una nueva forma de concebir su visión del hecho estético, y que aquel lugar de encuentro que eran las plazas públicas de los pueblos y ciudades, en horas del día, bajo la sombra de los árboles centenarios, mudos testigos de la historia viva de esas comunidades, ya no será posible, porque según el “piro piro”: “Con wisky de 18 años, se piensa “más” mejor”, y que no valdrán los “cantos de ballena”, “ni se le podrá pedir peras al horno, por los siglos de los siglos”.

Las nuevas iguanas deben estar conscientes que su lugar de refugio no serán las plazas públicas, porque habrán perdido su capacidad de mimetismo, mientras que Manuel Rosales, el propio “diente roto” zuliano, habrá “alcanzado las más altas cimas de la miseria”, como pregonaba Groucho Marx. Pero peor aún, quienes teniendo una inteligencia que se presume respetable, le rindan culto a este personaje, al cual todos se subyugan, incluido el embajador gringo. Y nos preguntamos: ¿No será que Manuelito ha encontrado la fórmula tan celosamente guardada de los Rosacruces? ¿O será que descifrólos viejos manuscritos del viejo Melquíades, hazaña que no pudo cumplir el emprendedor más grande de Macondo, José Arcadio Buendía? ¿O es que las futuras generaciones tendrán que rendirle culto a este ser innombrable, a este ser que parece extraído de las antiguas fábulas de los duendes? ¿Qué extraño poder le asiste, cuando se cree con el derecho divino de acabar con la vegetación en un estado tan caluroso como el Zulia?

Los lacayos, quienes se arrastran ante pequeñas o grandes prebendas, según sea el caso, ni siquiera razonan, sólo ven a ese Manuel que reparte dinero, becas, y machete a los árboles que ofenden su alta magistratura y que le hacen sombra a una figura que se perderá en el paso de los tiempos, como el único filósofo que odiaba a las palomas, a los cotoperices, a las matas de cabimos, de mamón, los apamates y hasta los samanes, por subersivos y por cobijar bajo sus sombras a El Libertador y a Hugo Chávez, yo creo que ahí está la clave del misterio.

Definitivamente, el día que dieron la clase del “Himno del árbol”, Manuelito no fue porque andaba cazando iguanas.

pedroqueral@hotmail.com